• Valentina Ramírez Zapata

Esta es la historia de Rosalba



Dicen las abuelas:


¡no lo toques que lo cortas!, cuando queremos ayudar en la cocina batiendo el chocolate porque parece divertido pero salimos despavoridos con el regaño. Lo mismo pasa con otras preparaciones.



Aún no descubro si es la energía de cada uno, una especie de brujería, la forma de batir, pero el hecho es que se corta, no queda con la misma espuma y puede saber mal.

Ante la duda abstente, dicen los sabios, entonces mejor ser observador en la cocina y disfrutar del chocolate.

Manos sagradas son las de todas las madres que preparan el chocolate cada mañana para que su familia salga a abrazar el día con energía.


Bien lo decía la chef colombiana Leonor Espinosa al hablar sobre la mujer colombiana y su papel de guardiana: La que siembra, pesca, cuida el “colino”, los hijos, la cocina.


Las manos de las mujeres colombianas cuentan muchas historias, a veces más de las que deberían, a veces algunas que quisiéramos que no hubieran ocurrido; sin embargo, la perfección de cada una de ellas ha sido moldeada por cada uno de esos hechos.


Mientras hablábamos, Rosalba abría el empaque amarillo de Luker que me transportaba a varias mañanas y tardes frías en una finca, rodeada del calor único de una familia.


Sin embargo, ese día estábamos en una tierra maravillosa y ¡muy caliente!, Necoclí, en ese Urabá Antioqueño de tanta historia, tantas lágrimas, tanta resiliencia y tantas sonrisas para dejar el pasado donde debe dejarse, y construir un presente y un futuro sin lastres.


A 35 grados centígrados, humedad 100%, y un chocolate caliente. No sé si era lo indicado para refrescarnos pero las madres colombianas en su vasta sabiduría dicen que calor se quita con calor, y frío con frío.


Me tomé el chocolate caliente y no podía dejar de mirar a Rosalba, había algo en sus ojos que reflejaba una tristeza muda, un dolor que no abandona el alma. Esa misma mirada que yo veía en alguien cercano a mi vida, una luz apagada.


Salí a caminar con ella mientras me enseñaba Caribia y me contaba un poco de su historia porque todos tenemos una historia. Qué difícil es contarla para aceptarla y amarla.

Ocultamos algunos capítulos no por temor a ser juzgados sino para no lastimar a los demás.


Esa necesidad eterna de proteger a los demás, de matronas que pueden con todo, mujeres que no se rinden… aunque necesitan abrazos y comprensión, un poco de descanso y mucho amor.

En Colombia nacimos en medio de la guerra. Miles, tal vez millones, de familias han perdido un hijo o varios. Millones de vidas segadas sin sentido y apagadas antes de tiempo, porque no es sólo la vida de quien se va sino de quienes se quedan. Siempre surge la pregunta sin respuesta, ¿por qué tan rápido? Para una madre o un padre, ¿por qué antes que yo? ¿Por qué si tenía tantos sueños? ¿Por qué si teníamos tantos sueños?


Todos tenemos sueños que mueven la vida y en ocasiones nuestros sueños son los de otros. Las madres colombianas dejan de lado sus sueños para conseguir los de sus hijos y sus familias.

Terminar mi casa para mi familia, decía Rosalba que era su sueño. Me rehusaba a que ese fuera su sueño e intentaba indagar un poco más para encontrarme con lo que quería, o tal vez no.

Su hijo Juancho le iba a regalar su sueño antes de sufrir un accidente, y cuando él murió para ella también murió su sueño: estudiar Gerencia de Farmacia.

Su hijo murió y Rosalba se apagó…



Por alguna razón la vida nos une.

A mí para aprender sobre el dolor y a ella para contar su historia y que alguien le recordara que desde el cielo o donde quiera que las almas descansen, Juancho quiere verla feliz, quiere que su hija Juanita disfrute a su abuela. La abuela que era el alma de la fiesta y la alegría de un hogar, que sus hijos. Fernando y Silvia extrañan, que sus nietos Juan Carlos y Laura, necesitan.



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