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  • Valentina Ramírez Zapata

Esta es la historia de Chévere



Caribia es alegría, sueños y una gran familia. Pero como en todas las familias, pasan cosas que no nos gustan tanto. Esta es una comunidad dividida por un río como muchas en Colombia. Para ir de un lado a otro se debe cruzar un puente construido hace décadas y que ahora pende de un hilo, literal.

El 24 de diciembre 2017 un niño se cayó al río mientras cruzaba un puente que no cumple ninguna medida de seguridad aunque a diario decenas de niños lo deban cruzar para ir a la escuela.



Entre esos niños que cruzan todos los días hay uno en particular, Luis, Luisito.

Un niño de ojos grandes y profundos como parece ser la eternidad, de esos que abrazan con el alma, sonríen sin temor a mostrar la última muela y roban corazones.


Como la primera palabra que dice un bebé, la misma que queda grabada para siempre, así dejó Luisito su primera palabra grabada en mi:

¡CHIMBA!


Sin palabras quedé. ¡Dios mío, de dónde saca este pedacito de hombre esa palabrota!

La palabra irrepetible era el adjetivo calificativo en cada frase de Luisito.



Yo decía: juguemos algo, y Luisito respondía: Uy sí, qué chxxx.

Yo me quedaba muda y con los ojos desorbitados. Luisito se reía.

Yo decía: ¿Qué tal estas pinturas? Luisito respondía: Uy están muy chxxx.

Yo decía: Luisito diga ¡qué chévere! Luisito respondía: ¡qué chxxx!



Me propuse cambiar esa palabra por CHÉVERE. No lo logré. Me monté en el carro de regreso a Montería indignada con la palabrota que por cierto fue la palabra de despedida de Luisito.

Literalmente gritó la palabra mientras hacía un adiós con su mano.


¡Esperen que aquí no acaba todo! No nos rendimos en lo que creemos y menos cuando se trata de personas.


Regresamos después de un mes a Caribia para celebrar la segunda edición del Festival del Cacao.


Nuestro carro de Montería a Necoclí se retrasó un poco. A las 9 a.m. era nuestra cita con los niños. Andrea nos llamaba insistentemente para preguntarnos dónde estábamos porque los niños estaban impacientes. íbamos tarde.

Tenía mariposas en el estómago.


Nos bajamos del carro corriendo mientras veíamos a Andrea y su equipo atajar a los niños para que se quedaran en el salón y nos esperaran allí.


Cuando entramos al salón mis ojos encontraron a Luisito Chévere.


Y aún hoy se me pone la piel de gallina al recordar a 20 niños gritando al unísono:

¡CHÉVERE!


Crecemos dándole la espalda a cientos de personas que nos admiran aunque nos cueste reconocer que uno de los más grandes regalos de la vida es ser un ejemplo para los demás. Poco a poco vamos entendiendo que transformar el mundo es transformar nuestro mundo con todo lo que ello implica.


Cuando menos pensamos, ¡bam!, nos damos cuenta del poder transformador que tenemos y de lo grande que podemos lograr con pequeñas acciones.


Así hemos ido construyendo un modelo que cuesta un poco más porque tarda un poco pero tiene resultados duraderos.


Queremos lograr cambios en los niños y en la sociedad, cambios que perduren y aporten a que cientos de vidas tengan sueños y oportunidades.


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